Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Archivos para Agosto 10th, 2007

Este es el libro

Publicado por mrevenga en Viernes, 10 Agosto, 2007

Tragedias de Esquilo

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Las cosas como son

Publicado por aura en Viernes, 10 Agosto, 2007

¿Quién puede dormirse tranquilamente con semejantes acontecimientos acabados de ocurrir? Orestes ha perdido la razón. Claro. Pero es que sólo saliéndose de la conciencia se puede soportar el haber hecho lo que hizo. Aunque Clitemnestra no hubiera sido una buena madre, aunque no tuviera el muchacho buenos y cálidos recuerdos de abrazos protectores, la señora era su madre. Porque una cosa es haber matado a Egisto, que en este caso no es más que una especie de zángano inútil manejado por la mujer y comido por la indignidad y la molicie, y otra muy distinta vengar al padre en la vida de la madre. Qué fuerte. Aunque la cosa no era para menos. Clitemnestra tiene razones muy poderosas para odiar a Agamenón, sí, pero no puede transgredir de esa manera el deber ni situarse en una individualidad que no le pertenece ni cultural ni históricamente. Ella tiene ciertos deberes que no puede hacer a un lado, por más resentida que pueda estar; entre ellos, la fidelidad al marido aunque se tarde diez años en regresar; no anda paseando, está al frente de los aqueos en la lucha contra los troyanos. Ni modo, es el rey. Y ella es la reina y tendría que haber estado a la altura.

Y yo no es por defender al bruto de Agamenón, pero cuando creyó haber matado a su hija Ifigenia -lo que no le perdona su señora- lo hizo obedeciendo al oráculo y con la responsabilidad del dirigente que tiene la obligación de sacrificar lo que sea para el beneficio de su pueblo, y en este caso lo que convenía era que los dioses se contentaran y ayudaran a la escuadra griega soplando buenos vientos para que pudieran zarpar. También pinches dioses que les hacen la jugarreta de sustituir a la niña con una cierva y llevársela para criarla como sacerdotisa de Ártemis y los dejan con el dolor de la pérdida para siempre, sin saber que Ifigenia vive. Pero es que así son los dioses, pura improvisación y arbitrariedad. Y luego está el regreso de él acompañado de Casandra, otro puyazo para la esposa y otro cadáver para el túmulo. En lugar de matarla doña Clitem debió haber sentido solidaridad de género con ella y practicado la piedad; la pobre chamaca qué culpa puede tener. Ella es víctima y más que víctima; la hija menor de Príamo, por más visionaria que sea, no es más que botín de guerra; ya con todos los hermanos muertos e Ilión tomada, ella no representa más que un despojo.

Si Clitemnestra, en lugar de desterrar a su hijo Orestes lo hubiera conservado consigo, con amor de madre, quizás lo habría acabado poniendo de su parte y las cosas no habrían llegado a tales extremos, él no habría sentido la obligación de matarla y matar al amante para vengar al padre, pero no comete más que error tras error, y en el caso de las tragedias, los errores se pagan con la vida. Y no lo digo por ésta sino que ya ven ustedes que en todos los casos es lo mismo; ahí tienen a Edipo, por ejemplo; pero otro día hablamos de él, ahora estamos con esta familia. Vaya, hasta con Electra la riega, que la tiene ahí a su lado y bien podría ser, como mujer e hija, su mejor cómplice. Total que cómo se va uno a dormir con serenidad si Esquilo vuelve a ser implacable y no perdona a sus pobres personajes que desde hace como dos mil trescientos años siguen sufre y sufre el embate terrible de la fatalidad. Duerme uno pésimo. Vamos a ver ahora cómo le va al pobre de Orestes en Las Euménides.

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Feroz combate

Publicado por aura en Viernes, 10 Agosto, 2007

Los que vivimos adentro de las líneas de los trópicos no conocemos fenómenos climatológicos como el que aquí cuento; esta era la observación del cambio de estación visto en Berlín.

FEROZ COMBATE

Acá sí que se entiende que se personifique a los elementos y fuerzas

de la naturaleza, claro; los otros seres;

ahora mismo están librando -y el prodigio es que uno es testigo, yo, manso, que estoy aquí-

un feroz combate el Invierno furioso reteimpío

y la tímida Primavera.

Ella se asoma tamañita a soplar las nubes

y a insinuar los colores con que viene;

muestra apenas los tobillos

y algo de una espalda violenta se le alcanza a ver,

y el recabrón sopla y deshace todo y todo lo vuelve gris y helado

y mustio.

Pero en los interines cómo brilla sobre las ventanas,

sobre las ramas donde pronto estarán las copas de los árboles,

sobre los tejados,

el azul inmensamente transparente del sol oblicuo;

como si uno estuviera viendo a las personas de la batalla

en plena acción:

ella, una jovencita de piel tersa y calentada desde adentro por el deseo,

con los cabellos gruesos sueltos y revueltos por los fuertes aires;

él, un viejo maldito, cascarrabias, ruin,

vestido con hilachas de cueros viejos sobre hilachas de cueros astrosos

y soltando a veces carcajadas

y suciedades y obscenidades otras.

Una verdadera gigantomaquia es,

o más bien estacionomaquia que aquí se percibe con claridad completa

desde ring side.

Hace viento,

caen ligeros copos de nieve,

se oscurece y hace todo gris,

sigue soplando el viento, se lleva las nubes,

todo se aclara como la duda eterna,

vuelven a cambiar las condiciones,

nieva,

uf, qué lucha.

Y qué frío.


Es otra cosa la vida vista desde aquí,

uno deja de ser ese ser que dura a lo largo sin sentir el largo de la vida.


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