Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Cuajinicuil

Publicado por aura en Miércoles, 5 Septiembre, 2007

Hay cosas que son más bien difíciles de explicar; entre ellas están los cuajinicuiles. Unas vainas que contienen dentro unos frutos envueltos en pelusilla dulce. No; por eso digo que hay dificultad. Trataré de ser más preciso: hay en algunas regiones cálidas en México un árbol de la familia de las mimosas que da una vaina de aproximadamente veinte centímetros de largo por cuatro o cinco de ancho; al abrirla –la tuerces por los extremos y se separan por el centro sus dos valvas como una vaina de chícharos-, se encuentra uno con unas semillas duras color café oscuro y con tendencia a la forma rectangular, cinco o seis, formadas como golosinas amorosamente empacadas, envueltas en una materia blanca como hecha a base de pelusilla adherida a una materia gelatinosa que envuelve y protege a la semilla. Pues esta pelusilla y su materia asociada es lo aprovechable del fruto; dulce y delicada se deja roer en torno a la semilla que no hay que intentar morder siquiera porque es de dureza considerable.

No, no; siento que he fracasado, que nadie que desconozca los cuajinicuiles se los puede imaginar con esta descripción. Cuando la abres no se ven las semillas, se ve un mullido espacio de blancas y algodonosas formas inquietantes. Quizás me acerque a una apariencia técnica del objeto, su tamaño y su color externo, que es de un verde serio y se va transformando con tonos marrones conforme madura, pero su consistencia suave y su frescura de fruto tropical no encuentro cómo describirlas. No se parece a la manzana ni al higo, no es cercana al melón ni se parece a la ciruela; ah, un momento, tal vez podríamos encontrar un camino si nos acercamos a la chirimoya; sí, cierta familiaridad puede haber con esa blanca pulpa y esa ácida dulzura sin ofensa que ofrece la chirimoya, aunque el cuajinicuil es más etéreo, menos contundente, menos masa y más promesa; en lugar de ser su pulpa una pasta cremosa es un tejido sutil de filamentos que gustan de secretear con la lengua acerca de cosas que ocurren en las noches boscosas tropicales; alas de insectos, patas de bichitos que escalan las alturas de los árboles para encontrarse con sus dioses, velos en que se envuelven los espíritus de la fruta para enseñarse unos a otros las calidades de su azúcar.

Pero el cuajinicuil, con todo y ser una exquisita forma de lo oculto misterioso, es una fruta corriente que no tiene prácticamente lugar en el mercado; hay cuando hay, nadie la cultiva, la recogen cuando los árboles generosos la dan y la llevan a vender a ver si les dan algo por ella; no está en el ranking mundial de frutos que esperan su oportunidad para ocupar los espacios de los grandes almacenes. No lo sé, pero supongo que no hay ninguna empresa de mejoramiento genético de frutos que esté estudiando cómo hacer más lenta su maduración, más abundante su pulpa, más explícito su olor, o cómo mejorar su empaque para que resista la exportación, o cómo uniformar su tamaño y color para que ofrezca más garantías en el mercado internacional; pertenece todavía al orden de las cosas puras. Si alguien tiene información que contradiga mi escepticismo, le ruego que me la haga saber a la brevedad posible. Hoy amanecí con un fuerte antojo de cuajinicuiles.

5 comentarios a “Cuajinicuil”

  1. Fernando Acevedo Dice:

    Querido Alejandro, no tengo nada más que agregar. Es científico que estas cosas, como la experiencia de un Dios (subrayo “experiencia”), son imposibles de describir si el afán es intentar transmitir el sabor. Es como decía un iluminado hindú que conocí hace años: por mucho que hagas un tratado acerca del mango, su olor, sus formas y colores, texturas y demás características físicas y químicas, nadie que no lo haya comido podrá siquiera imaginar a qué sabe. Debe comerlo y basta. No hay más.
    Lo único que comento es que, al menos en Orizaba (tierra de mis padres y mis abuelos y que ya he mencionado por aquí otras veces), a este pequeño y delicado “sabor” hecho golosina se le conoce simplemente como “jinicuil”, y allá se pueden comprar en el mercado (cuando es temporada), junto con alguna otra especialidad de la región, como el “chile comapeño” (de Comapa, Veracruz).
    Lo que sólo una vez he comido en mi vida, directamente del árbol y también en Orizaba, es una fruta deliciosa, poco jugosa y de perfume delicado pero perdurable que se llama “pomarrosa”. Si tuviera que decir algo de ella es que es más o menos del tamaño de una guayaba, pero semihueca: piel y carne son una sola cosa y dentro, en el “hueco”, hay sólo semilla que baila. Para intentar describir su sabor no puedo más que hacer uso de otro sabor: la pomarrosa sabe como a “sidra sin alcohol”.
    En esa única ocasión, un paseo por los alrededores orizabeños, nos encontramos un árbol de pomarrosas con sus frutos maduros, lo sacudimos y llenamos una mochila de excursionismo con ellas, pensando llevárselas a la parte de familia que se quedó esperando en casa.
    La mochila, es fácil imaginarlo, llegó vacía y mi pobre madre tuvo que acontentarse sólo con el perfume que permaneció en ésta por meses, mientras nos odiaba por ostentar esa cara de arrepentidos satisfechos.
    Un abrazo.

  2. Carmen Dice:

    Parece que tus evocaciones frutíferas hacen que uno recuerde otra fruta. Yo comparo los “jinicuiles” (con ese nombre los conozco) con una fruta que comí en Brasil y me ha parecido la fruta más deliciosa que he comido en mi vida: EL mangostino o el mangostán. Es como una ciruela verde, pero de cáscara más dura, la partes a la mitad y adentro de ella, acomodaditas en gajos están cada una de las semillas cubiertas con una pelusita pero muy jugosa y también están perfectamente empacadas en esa cáscar dura y de color morado por dentro. O sea es una fruta muy colorida, verde, morado y blanco.
    Tendrás que aguantarte el antojo de jinicuiles, hasta finales de octubre es la temporada, yo los consigo en el mercado de Xochimilco, porque como dices tú: no son frutas de franca exportación.
    En cambio a mí ya se me antojaron las pomarosas de arriba, mhh ese aroma y lo mejor que es temporada. Ah que de cosas me provocaron leer estas líneas.

  3. Delia Mateos Dice:

    Querido Alejandro,me recordaste la fruta que traia mi Abuelo de el pueblo,cuando era niña,nunca se hubiera imajinado la descripción que diste de la fruta que el nos traía por no venir con las manos vacias .Gracias.

  4. Lorena Castañeda Aguirre Dice:

    Hola Alejandro…no sè de dònde el vocablo “cua”, yo tambièn lo conozco por jinicuil solamente…te cuento que hace años, aquì en casa, en Còrdoba, Ver., casì “cafeteamos” a mi madre por la hartada de jinicuiles que se diò…no te cuento el “chorrillo” que casi se vacìa…creo que desde entonces le pusimos la cruz a los jinicuiles, bueno, en realidad al algodonsito, porque desde siempre aquì los hemos comido completitos, costumbre que traemos del pueblo de donde somos originarios (Ojitlàn, Oax.), esto es, el “huesito”, ese que dices que no intentemos morder, bien hervidos y preparados despuès en ensalada, con cebolla, aceite de olivo, vinagre y una pizca de sal, o bien en escabeche… son la botana màs suculenta que te puedas imaginar!!! (que se pueda imaginar sra. Carmen, vecino Fernando). Esperando la temporada ya para poder saborearlos, me despido con un fraternal abrazo.

  5. veronica Dice:

    hola señor o señora del articulo, soy estudiante del tecnologico de oacaxa, tengo una materia de formulacion y este semestre trataremos de darl un auge al cuajinicuil estamos realizando una investigacion de mercado para poder posicionarlo en forma permanente y que lo conoscan a corto plazo lo q es el merkado lokl quisiera pedirle que si sabe de una investigacion mas profunda de este fruto favor de mandarmelo (analisis quimico, composicion, etc.)para reforzar nuestro trabajo
    esperando contar con su ayuda me dspido

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