
Archivo de Octubre 2007
Un poema todavía inédito
Publicado por mrevenga en Viernes, 26 Octubre, 2007
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Inéditos
Publicado por aura en Viernes, 26 Octubre, 2007
Un escritor joven que dirige una revista me pide un poema inédito para publicarlo. En principio, claro está que agradezco la demanda; me halaga que quiera incluirme entre sus colaboradores porque veo en ello un gesto de respeto o al menos de reconocimiento a mi trabajo –aunque quizás se trate sólo de la pura trayectoria del nombre en la baraja abundante de los variados prestigios de quienes escribimos-. La dificultad empieza cuando especifica que quiere algo inédito. Yo no sé para los demás, para mí los poemas inéditos suelen ser material inconcluso; me pertenecen, puedo hacer con ellos lo que quiera: modificarlos, destruirlos, disfrazarlos, ponerles moñitos, emparentarlos entre sí, mutilarlos o emparejarlos con objeto de ver si se reproducen. Hay temporadas –pocas en la vida, por desgracia- en que tengo muchos inéditos a la mano, hasta que algún azar produce la posibilidad de publicar un libro. Entonces vuelvo a establecer el diálogo con todos mis inéditos, buscando, como el general ante sus hombres, que todos se imbuyan del valor y el coraje que se necesita para entrar en la batalla, conciente de que una vez publicados ya no me pertenecen a mí sino a sí mismos ante su destino.
Pero ante la petición de inéditos tengo otra respuesta oculta: ¿y si le doy un poema de alguno de mis libros que se agotaron hace quince o veinte años? O hasta de libros más recientes. Las ediciones suelen ser de mil ejemplares y suponiendo que se hayan agotado, quienes los han leído son necesariamente unos cuántos, casi los mismos a quienes se los pude haber leído en persona en diferentes reuniones. Así que a menos que sea un fan o que tenga una memoria privilegiada, es difícil que sepa que ya el poema fue publicado en tal o cual ocasión. No sería propiamente un engaño sino una manera de interpretar su petición, porque, excepto aquellos poemas que disfrutan del privilegio de quedarse en la memoria de sus lectores, se puede decir en esta época de la reproducción inmediata de la información que son inéditos: no los conoce nadie. Y uno también tiene que trabajar por cada uno de sus productos.
Aquellos que ya están escritos en la memoria de alguien tienen la posibilidad de ser transmitidos, hasta por vía oral, a próximas generaciones, esos son los que se puede decir que se han salvado, que han cumplido su destino y que por ellos vale la pena haber vivido y haberse dejado elegir sumisamente por el oficio de poeta, pero los que no han tenido la suerte de encontrar su media naranja: aquel o aquella a quienes les revele un movimiento, un gesto cualquiera de su propia alma, de su personal manera de ser, que les ayude a guardar una peculiar experiencia; esos, digo, se puede decir que permanecen inéditos, vírgenes, que están allí con su carga inutilizada esperando el momento en que surja ese roto para ese descosido –cosa que bien puede ocurrir dentro de cien o doscientos años- o que la paja de que están hechos se pudra, empiece a oler mal y aparezca algún intendente que los ponga, como bien se lo merecen, en la basura.
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Leer en voz alta
Publicado por aura en Jueves, 25 Octubre, 2007
¿Por qué leen mal en voz alta los poetas; cuál es la razón de que la mayoría de ellos juzgue que está bien, que es éticamente correcto, participar en actos públicos leyendo su propia obra y lo hagan mal a sabiendas de que lo están haciendo mal? ¿Qué los disculpa ante sí mismos? Decir que son enemigos de la poesía sería absurdo y acabaría una discusión antes de comenzarla, porque precisamente no lo son. Pensar que es una displicencia arrogante implicaría pensar que se trata de un descuido profesional pero el argumento se derrumba cuando aceptan aparecer leyendo en público, generalmente con muchos nervios y no pocas veces con pánico escénico. No obstante, por encima del pánico y los nervios aceptan voluntariamente y no se esfuerzan en hacerlo bien, o no buscan una solución a la penosa experiencia de ver que el público se desentiende, ve la hora, cuchichea, se levanta, se va. A menos que crean que lo políticamente correcto es ser inexpresivo, inaudible, monótono o atropellado, pero ¿en qué cabeza cabe que sea correcto convocar a alguien a escuchar los poemas y luego dárselos de mala manera, de tal suerte que ni los disfruten ni los entiendan? Que la poesía no es para leerse en voz alta sino en el recato de la intimidad; ok; pero entonces, ¿por qué aceptan hacerlo?
Sé que el terrreno está minado, que me estoy metiendo en camisa de once varas porque muchos de mis colegas van a leer esta reflexión y es más que probable que pertenezcan a ese sector al que me estoy refiriendo. Con cuánta dedicación y disciplina tiene que pulir cada poeta sus herramientas para enseñarlas a expresar lo que entiende que es la poesía; con frecuencia esta dedicación representa un esfuerzo heroico y dura toda la vida; algunas veces se ve coronada por el resultado positivo en la página y consagrada en la perduración del libro. ¿Qué necesidad hay entonces de alejar a los lectores haciendo una mala lectura en voz alta? ¿En nombre de qué franja de la libertad individual puede reivindicarse el derecho a defraudar a los demás? Si la respuesta es que no hay más remedio que aceptar porque es la condición para participar en los actos colectivos nacionales e internacionales, ¿por qué no hacer entonces un mínimo esfuerzo formativo para leer si no bella al menos correctamente? ¿Por qué entran a escena y se niegan tan tozudamente a aprender los rudimentos de las artes escénicas?
Anoche percibí algo que había notado pero en lo que nunca había reflexionado: los poetas que escriben en francés gozan su lengua y leen oyéndose a sí mismos como si oyeran música; los flamencos frasean y modulan aunque sepan que nadie en esta latitud los entiende en su idioma; los rusos (anoche no había pero los hemos oído) suelen decir fuerte, claro y de memoria sus poemas sin ningún miedo a la declamación; los españoles se esfuerzan en la corrección de sus lecturas en voz alta, pero los latinoamericanos parece que tuviéramos vergüenza de usar el español para nuestra poesía. Como no hay testimonios no sé de qué manera leerían sus poemas Darío, Santos Chocano, Martí o Amado Nervo, pero me resisto a creer que lo hayan hecho de la manera desaseada en que leen hoy día un buen número de poetas. Por supuesto que hay excepciones; tantas que hacen tambalear mi observación, pero qué dicha sería, para el público sobre todo, que cada recital colectivo de poesía fuera un concierto de solistas. Y cómo atraeríamos a nuestro oficio esa clientela de cuya escasez tanto nos quejamos.
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También escuchan el amanecer
Publicado por mrevenga en Miércoles, 24 Octubre, 2007

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Amanecer indeciso
Publicado por aura en Miércoles, 24 Octubre, 2007
La habitación está oscura; voy suponiendo la hora por los sonidos. Detrás de las cortinas debe estar agazapado el día acechando a sus víctimas. No quiero despertar del todo aunque nos dormimos temprano; apenas estaría dando la media noche cuando doblamos las manos y nos entregamos calladitos al destino; dormir más ayudará a remediar mis males, se me ocurre, que han estado tan presentes estos días, aunque la verdad es que cada vez que cambio de postura la tos me sacude y hace que la cama retiemble como en el himno nacional la tierra. Hace horas que estoy en duermevela. O esa es la sensación que tengo. He estado oyendo la inagotable novedad de los ruidos. Los que uno conoce van acomodándose de tal modo que se amortiguan unos con otros y no molestan, no se notan, uno puede dormir tranquilamente en medio de los sonidos habituales, pero los desconocidos pasan apenas por primera vez la aduana y tienen que mostrar que son inocuos. El animal antiguo que somos guarda en algún rincón de la memoria el instinto de conservación y por más que duerma tiene una antena lista para captar el peligro, no sea que fuera del refugio alguna fiera aceche. Pero no; qué peligro puede haber en un hotel del centro de Morelia.
Los ruidos que se oyen son predecibles: motores, cláxones, alarmas, el rodar de las llantas sobre el pavimento; de pronto, la campana innoble, humilde, de la basura que pasa despacio y se va renqueando, o sea que ya es hora de la vida civil; una motocicleta pedorra, la radio encendida en algún coche con la ventanilla abierta; una sirena trata de abrirse paso impaciente; algunas voces fuertes se imponen sobre la modulación ambiente, tienen prisa o son líderes del traqueteo; el taconeo cimbreante de alguna construcción femenina deja traslucir su rotundidad en el sonido; unos conversadores fugaces pasan muy cerca de la ventana pero no aportan ni una palabra inteligible al mundo que está tratando de construirse sobre mi almohada; y periódicamente, desde hace un buen rato, una campana, supongo que de la catedral porque es contundente, grave, sin una pizca vacilante, deja caer su admonición sobre el oído de todos; parecería que lleva siglos sonando con la misma voz; en su aleación metálica no se siente que haya nada fuera de proporción que pudiera inducir el pensamiento de algo improvisado.
Siento que debo despertarme del todo, dejar de pepenar sonidos en el muladar fangoso y perverso de mi entresueño y ponerme a laborar. Es tan poquito mi trabajo, y tan grato; sólo tengo que escribir una página larga y ponerla a navegar en este mar que es de todos. La obligación es ínfima: si quiero cuento lo que me va pasando, si no, invento lo que quiera, aunque sé que con un mínimo de astucia cualquiera descubrirá el plumero por más que lo quiera ocultar bajo la capa. Hoy es miércoles, comienza el encuentro de poetas que ya deben venir en camino desde la ciudad de México; en dos o tres horas estarán aquí; el hotel burbujeará metáforas e imágenes verbales por doquiera y yo me sentiré arropado, metido por completo en mi elemento. Buenos días; despertemos. Buenos días.
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Nueva cocina
Publicado por aura en Martes, 23 Octubre, 2007
Deveras que no soy enemigo de la experimentación en la cocina; en nada, pero tampoco allí. Es más, cuántas veces he dicho que hay que arriesgarse, que hay que probar, que con lo que se tiene en la cocina se pueden hacer nuevas mezclas y descubrir caminos novedosos al paladar. Los vinagres, los caldos, las especies, los frutos secos, las harinas, las sobras y los recalentados, cuántas sorpresas pueden darnos si es que andamos inspirados. De manera que, según yo, no soy un roñoso conservador que rechace las novedades. Pero hay de novedades a novedades. Empecemos por el principio. Fuimos a cenar al restorán del hotel contiguo; muy bonito, cómodo y a media luz. Caro, eso sí. Pero vale la pena darnos el gustito, pensamos.
Desde que se acabó con la ortodoxia de plato trinche, plato sopero y panero, las vajillas han cambiado una barbaridad. Los platos cuadrados, los de formas irregulares con un orilla levantada como quilla, los pellizcados en una esquina, se prestan para probar formas nuevas de servir, y desde que nos fijamos en la elegancia y discreción de la cocina japonesa, ya todos los chefs en lugar de salsas ponen pinceladas de color en los platos, con crema, con caramelo, con mostaza, con moras, como una firma o una grafía secreta que de tan abundante se ha vuelto pública y anodina. Milagros pidió un carpaccio de atún con salsa de soya y aguacate y le vino en la tómbola un plato hondo, como sopero, con una especie de corola en el centro acomodada con rebanadas de aguacate; encima de ella unas hojas de escarola simulando una flor rociada con crema rosada; a los lados de la flor, en un pantano de salsa de soya espolvoreada con ajonjolí, venían los trozos gruesos de atún crudo, como un sachimi generoso, alternados con hojas de endibia con su pedacito de queso de cabra cada una, y en el borde del plato, en un barroco de jícara michoacana sorprendente, orlas hechas con rebanadas de cebolla morada cerradas sus ondas hacia adentro del plato y espolvoreadas con perejil finísimamente cortado.
Y yo pedí una sopa de cebolla -de cuatro cebollas, decía en la carta- y me ocurrió un plato cónico pequeño en el que casi no había caldo, porque se lo habían chupado las dos rebanadas de pan tostado con abundante queso fundido encima que llenaban la superficie –esta sí ancha- del plato; buscaba yo como ave acuática desesperada el líquido bajo la vegetación y apenas sacaba unas pocas cucharadas escasas; entre ellas las indiferenciadas cuatro cebollas rebanadas. Y las ganas que tía, en medio del poco apetito con que ando, de comerme una sopa bien caldosa y caliente. Pero hombre, le dije al mesero, sugiérale al chef que ya que venden tan cara una sopa tan pretenciosa y escasa que por lo menos le quite a la cebolla la capa reseca pues deja unas láminas fibrosas que no se pueden masticar, mírelas. Que le desperdicie un poquito. Y ya no pedimos más, mi desencanto había llegado lejos. Lo que sí, que el platillo más tardado de todos fue la cuenta.
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