Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Archivo de 14/02/08

¿Día del amor y la amistad?

Publicado por aura en Jueves, 14 Febrero, 2008

De veras que es difícil ir haciendo valoraciones constantes que nos permitan entender un poco quiénes somos, o más bien, cómo somos. Ya no digamos las monstruosidades de los pueblos que no tienen estructuras de organización y de poder y se ven zarandeados por los advenedizos que hallan abiertas las oportunidades de ser algo que está confundido entre la fantasía y la enfermedad, herencia del saqueo colonial de todos los siglos; esos tiranos, señores de la guerra, que matan y mandan matar a miles o millones de personas con tal de ser el que posee la capa que a todos los demás da miedo mirar y que apoyados por los peores gobiernos de la tierra, los más ricos, venden barata la riqueza que sus países tienen para comprar armas con que jugar sus espeluznantes juegos. Con qué dolor se ha ido haciendo el mapa de África en las últimas décadas, y si estiramos el cuello, con qué dolor se ha ido haciendo la historia de los hombres sobre la tierra: Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga…

Luego, claro, todo el que puede se quiere ir. Y hasta el que no puede; cómo se pone en juego la misma vida para pasar una frontera y buscar en otro lado lo que aquí ya se sabe que definitivamente no hay. No hay trabajo, el trabajo está pagado en mucho menos de lo que vale y no tiene dignidad, no se presta para exaltaciones mínimas de la condición humana, como la que hace que Eumelo, un cuidador de puercos del siglo once o doce antes de Cristo, se nos haga hoy tan entrañable y sobrio en su prístina laboriosidad. Lo que hay son las grandes oleadas de refugiados que pasan por cientos de miles de una desgracia a otra arrastrando sus cadáveres hasta ver en dónde los pueden dejar para que desaparezcan lo más pronto posible. Y con esto hay que mirarnos y valorar lo que somos porque aunque no encontramos cómo hacer algo para enmendar esa aberrante imagen que nos devuelve el espejo, también hacemos todo lo posible por apagar la luz para no verla y que los demás que están cerca no la vean.

En México llevamos décadas negociando con los vecinos para que aprovechen la oferta pero ellos ven claro el peligro y se resguardan. Y en Europa, ahora que hay elecciones en España, el candidato de la derecha propone que se les haga un contrato, como si se tratara de iguales que pueden negociar; un contrato por el que se comprometan a aprender el idioma (hombre, pues si hay escuelas, si hay maestros, si hay tiempo para dedicarlo a aprender, ¿por qué no? Póngale usted que sí acepto. Qué más.), a respetar las costumbres españolas (¡qué extraña condición! ¿en qué consisten las costumbres y qué quieren decir con que las voy a respetar? No entiendo; ¿me lo puede explicar más despacito?) Y en estos despropósitos se va la saliva de lo que debería ser una conversación entre humanos. Y nos miramos al espejo. Qué extraña especie somos, qué incomprensible.

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Ronda de amor

Publicado por aura en Jueves, 14 Febrero, 2008

RONDA DE AMOR
A Paula de Allende

El colibrí

El colibrí que vuela en la huerta de mi amiga,
como sobreviviente de la belleza, va a morir.
Pero alguien se para frente al árbol padre y
aprieta el click que dejará vivos sus ojos.

El colibrí ni gana ni pierde; se detiene por
fin en la quietud de la copa, maravillado de sí mismo; cierra los ojos y se pone a soñar que recomienza.

El secreto

Hablemos bajo, como el que quiere preservar
algún misterio que juega entre los labios y el
caracol de la oreja.

Que lo que se diga regrese a la garganta
congestionada del que se atreva a hablar.

Un país que no inventó el amor en el momento
preciso, ¿qué bondad puede dar, qué generosidad?

Si el profeta lo dice el alba cae sobre él y
lo separa.

Tierra doblada en partes, tierra escondidiza,
lugar de puros ecos.

(¿Qué ha de decir uno, si entre su nombre y
su destino crece nada más que esta flor,
siempre, siempre a punto?)

Si la patria suavizada, tela de seda blanca
que hubiera de envolver al sol en su
descenso, cada vez que se hace verbo cae
más abajo, ¿para qué seguir sacando peces de
este río?

Hablemos bajo, hablemos horizontalmente,
hablemos como si sembráramos.

La virgen

El poeta escruta la telilla de la virgen,
tiembla, sabe tocarla y retirarse, tiembla,
se sabe hundir retrocediendo porque obedece
al clarín que le sangra los oídos.

El poeta abarca la cintura de la virgen con
una sola mano, y brama, y la otra la levanta
con el puño cerrado.

El poeta acaricia el pezón inmaculado –ay
poeta– y revienta su lascivia en cantos
celestiales.

Resonad, resonad bóvedas; que el más tímido
murmullo se reproduzca en la gran nave hasta
que el poeta ensordezca, hasta que aúlle como
los animales aúllan sin comprender. Que
aúlle hasta el infinito y sus ternezas se
desprendan con dolor de su alma y caigan
como gotas de licor dulce en el corazón
de los que aún esperamos el milagro.

La capitulación

Lo que nos mata no nos esclaviza, otra
cosa es lo que retiene nuestra libertad.

Por eso vámonos dejando arrastrar. Nosotros
no somos los mejores. Capitulemos. La
sangre está nada más para impulsar el
arranque del amor.

¿Quién metería la mano al fuego en contra
de esta pesadilla?

Dejemos dicho que los que tengan alcance
celestial no huyan, que se peguen a la
tierra como a la boca de una amada
insaciable.

Por eso vámonos dejando. Entreguémonos.

El cuerpo

Porque la última belleza, la belleza mayor
–así me muera yo de no serlo– está en el
cuerpo, donde el milagro que nos salva no
tiene el color y la textura de nuestra
imaginación.

El maestro

Ahora doblo la página en ocho partes y en
cada una de ellas pongo alternado su
nombre y el mío.

Se ve bien. Mi pulso anda tranquilo y la
piel de la palma de mi mano se vigoriza.

El maestro me dice que aunque, que la
patria no es esta mezquindad que
acostumbramos; que me asome más hondo.

El que cae de la palabra que usa, cae para
siempre; que me cuide.

Bajo su sombra, ya solo y sin libertad,
oigo pasar caravanas de camellos por mis
venas; ellos llevan la sal, la sorda envidia,
la canalla inclinación a la tristeza.

El sol les unta de manteca el pelo de las
gibas y les apesadumbra el paso. Ellos, con
su felicidad absurda, continúan.

Doblo la página en más partes y recomienzo
con antigua y mordaz caligrafía.

El colibrí

El colibrí oye de cerca el viento. Mientras
hay día hay colibrí. Y a pesar de la
imaginería constante de la naturaleza, a
los ojos del colibrí sólo importan las
flores.

Y canta. Y canta. Porque no tiene redes
con qué apresar la memoria.

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