Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

El espejo tocado

Posted by aura en Martes, 21 agosto, 2007

EL ESPEJO TOCADO

 

Por qué he de hablar yo de cosas tenebrosas;

los inframundos de la conciencia, esos lugares pavorosos

en donde la culpa, la debilidad,

la especulación y el deseo morboso se empozan

y entremezclándose producen un limo pútrido

en el que prosperan simientes pervertidas y ominosas

que habrán de producir seres distintos, imaginarios repugnantes,

entidades pavorosas que poblarán el mundo

de signos contrarios,

de amenazas y aullidos de terror;

por qué he de hablar yo de instancias del alma

que rebasan el límite de la tranquilidad

y ante la fragilidad de la conducta sin amarras y arrojada a la noche

pierden su peso y su apariencia

y vagan pesarosas, lamentosas, en abismos

cuyos fondos más profundos

poseen los desechos morales del muladar del tiempo,

arrastrando como hilachas sucias las quejas de sus flaquezas

y las angustias de sus desperdicios y dispendios

con el estigma del castigo a cuestas;

por qué he de hablar yo de esas horas lentas y húmedas del insomnio

en las que todo lo que en la conciencia está

con su flujo de dudas y la materia pegosteosa de las ansias

comienza a cambiar su dibujo,

los contornos se deslavan y retuercen

y seres horripilantes ocupan el lugar que antes tenían las cosas

conocidas y sabidas,

las lindas cosas claras y buenas

cambian de pronto su ser y nos miran con sus ojillos rojos y opacos

estremecernos de terror

mientras tratamos de escamotearnos a su influjo viscoso

bajo las sábanas sudorosas, atenazantes, inevitables;

por qué he de hablar yo del temblor de la carne

que intuye el cepo astutamente oculto del cazador innombrable

del que sabemos que no hay poder humano que nos ayude a evitarlo

y en el que indefectiblemente habremos de caer

y entonces las magulladuras y laceraciones de la carne desgarrada

apenas serán mínima dolencia frente al inminente ataque espiritual

de ese ser asqueroso que va poniendo trampas

a las que no podemos sustraernos quienes nos atrevemos,

curiosos impertinentes,

a asomarnos a tales simas en las que habremos de caer

por el peso brutal de nuestra propia mirada;

por qué he de hablar yo de la maceración lenta y ruinosa

que va corrompiendo poco a poco la carne

cuando su aviesa componente, el alma, se desvía

de su curso ordinario y diurno y en un ciclo maldito

en que se afilia a cenáculos infames que han quebrantado

leyes y ordenamientos naturales

comienza a gustar del dolor de otros,

del martirio ajeno,

del desuello, la mutilación, el descoyuntamiento,

y el desgarrador lamento no atañe a sus entrañas

y el comercio repugnante de los fluidos vitales

le resulta apetecible y grato;

por qué he de hablar yo, me pregunto una y otra vez,

mientras enfrento a mi propia cara en un espejo tocado

que tiene la virtud de darle a mi apariencia

las características del rostro en el que estoy pensando,

por qué he de hablar yo, me digo, de esas desviaciones lúgubres

de los buenos sentimientos y las buenas acciones

que acaban enrutadas en caminos que no existen

y que las llevan a vértigos implacables de torturas sin fin

entre las que no es la peor la pérdida irremisible de la propia identidad

y la aparición de rasgos crueles, malévolos,

identificados con escoriaciones, cicatrices a medias descompuestas

y ciertas granulaciones purulentas que ocupan los espacios de la piel,

de los ojos, de los orificios nasales,

de la pobre boca que se curva en gesto de pavor;

por qué hablar de semejantes horribles confabulaciones

de lo grotesco

si me estoy ahora viendo precisamente en el tocado espejo

y me han advertido

que hay un cierto rango en la imaginación

cuando penetra y rasga las frágiles telillas de la realidad

del que nadie, ni el más astuto ni el más huidizo

ha podido escapar en la ya larga,

larga lista de los siglos…


Escúchalo:

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2 comentarios to “El espejo tocado”

  1. Carmen said

    ¿Por qué has de hablar tú? Porque sabes transmitirlo maravillosamente

  2. ¿Sabes?
    Te extraño, nostálgicamente,
    melancólicamente,
    porque aún cuando tú no me conociste
    de primera mano
    yo te admiraba de lejos,
    de cerca,
    a mediana altura.

    Y no te extraño de una manera pueril,
    sino con amor
    gozo por tus letras vivas,
    tus espacios, tu ires y venires,
    tu voz.

    Echo de menos esas mañanas de rocío,
    niñas retozonas,
    jubilosas –para mí al menos-,
    con un poco de sol sobre el café,
    con un poco de humor jovial,
    con un mucho de amor sobre las letras,
    esas que leías y que yo devoraba, digería,
    anhelante, atento.

    Todo eso me vino de golpe,
    de repente,
    como un viento fugaz,
    ligero,
    que se estremece
    con el recuerdo de un lugar,
    de un olor, de un gesto,
    de una mano amiga,
    de la voz de un maestro
    de un guía,
    que presta su voz,
    como faro,
    y su saber para aquellos,
    que buscamos un rinconcito,
    un lugar junto al fuego.

    Gracias,

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