Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

La noche final

Posted by aura en Miércoles, 29 agosto, 2007

Creo que conté ciento diez y ocho y de esos sólo sobrevivieron dos, el aeda y el heraldo Medonte, y a todos los demás, uno por uno, se los escabechó a puerta cerrada unido ya por fin con su hijo Telémaco, a quien vimos transformarse de muchacho inseguro en guerrero capaz, ayudados por el porquero Eumelo, personaje entrañable que hace un papel magnífico como constatación de la legitimidad de Odiseo para volver a su casa y de la constancia del hogar para con el héroe, y del boyero Fileto que aparece providencialmente en la historia y sirve para reforzar la acción. La catástrofe perfectamente orquestada por la astucia de Odiseo no tiene desperdicio, a éste le atraviesa el cuello con una flecha, a aquel le hunde la lanza bajo la tetilla y le perfora el hígado, al otro le corta la cabeza que sigue hablando mientras cae separada del cuerpo, y quizás los más de cien pretendientes, fuertes y capaces, que van cayendo se habrían repuesto cuando Melantio, el cabrero, que está de su parte, les trae a escondidas algunas armas, pero Palas Atenea interviene también como combatiente y todo se lo lleva la cachiporra.

Pero lo más notable -acuérdense quienes lo leyeron conmigo en voz alta, hace años- es cuando, después de que las esclavas han recogido y amontonado los cadáveres en el patio y limpiado el salón con trapos y esponjas y toda la escena ha cambiado, le avisan a Penélope que ahí está su marido, que ha vuelto disfrazado del mendigo que recibieron y que ya ha ejecutado la venganza esperada, que baje y lo abrace y reciba como lo desea y se merece. Penélope se le acerca desconfiada y en lugar de lanzarse a sus brazos, como sería de esperar en una historia de tanta apariencia retórica, se sienta enfrente de él y se pone a mirarlo con curiosidad y una melancolía que traspasa la piel y pone los pelos de punta; han pasado veinte años, recuperar la cercanía y la espontaneidad no va a ser fácil. “Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría a su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y cuando entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo junto al resplandor del fuego, en la pared de enfrente… El estupor alcanzaba su corazón.”

Es larga la secuencia de las almas tratando de acercarse sobre la dificultad del tiempo y la violencia. Ella sentada frente a él, callada, con una sonrisa a medias entre la suspicacia y el llanto. Y él azorado, sin entender lo que le pasa. Sólo hasta que le demuestra que conoce el secreto de su lecho conyugal porque él mismo talló su base sobre un olivo viejo y construyó la alcoba en función de ese tronco tallado, Penélope accede a reconocerlo luego de haberle dicho a la criada, para probarlo, que saque el labrado lecho y haga otra cama, con lo que Odiseo se sulfura pensando que alguien ha cortado el tronco imposible de mover porque está arraigado a la tierra. La metáfora es insuperable, claro, pero es el mejor colofón que puede tener la historia. Y todavía, para que les rinda, Palas Atenea les alarga la noche deteniendo a la Aurora de rosados dedos.

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