Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Lluvias y tormentas

Posted by aura en Viernes, 14 septiembre, 2007

Cualquier lluvia, con tal de que tenga un par de truenos, es tormenta, aunque sólo haya sido un breve chaparrón de diez minutos; si Zeus que amontona las nubes ha arrojado su rayo, el meteoro adquiere grandeza en la palabra y tras el olor a ozono, a tierra mojada que precede la caída de las gotas, y ese gris inevitable que se extiende como un manto sin costura alguna sobre todas las cosas que el ojo ve, viene la disposición para llamarlo tormenta. A mí me da risa porque la noción tropical de ese fenómeno brutal queda aquí reducida a su remedo, a un ejemplo de lo que podría ser, a su casi nada por ciento. Llover es llover, como ocurre siempre que una nube descarga su contenido y con más o menos viento -lo que regula la intensidad del espectáculo- lo reparte en gotas equitativas por cada porción de la cuadrícula previa que ya trae encomendada desde que comenzó a construirse en las fábricas de nubes de allá arriba.

A veces, mal que les pese a los vecinos, el alcantarillado se atrofia, se azolvan los ductos por donde el agua debería correr alegremente al campo a retozar con la verdura, se desbordan los ríos que a fuerza queremos encajar en su dibujo fuerte y flotan los coches, se inundan las cocheras, las cajas de los trasteros se empapan y todo lo que contenían se pudre; las rodillas ensayan movimientos del cuerpo contra corriente; ocurre una desgracia, pues, cuando la bendición del agua ha caído en el cuerpo pecador del descuido municipal. La tele lo documenta con increíble frecuencia como si a la vera de los dioses anduviera siempre una cámara oportuna. A veces, no, claro; a veces es tanta el agua que ninguna prevención hubiera sido suficiente para calmar su arrogancia y no queda más que la humildad perdida de aceptar que los elementos pueden ser incontrolables.

Y pensando en eso me acordé de la tormenta que cayó en Chiapas una vez que fuimos todos a saludar a los zapatistas en persona, que habría podido poner ejemplo y orden en el uso de las palabras. Digo, por quienes conocen la tormenta tropical que le da nombre al concepto. Todo arrasó el agua, todo quedó bajo su imperio. Se impuso sobre la tarde y sobre todas las horas de la noche con su batería de tronidos espantosos y vientos arbitrarios; tiró el toldo gigante que los propios guerrilleros habían puesto y desdijo todos los discursos que se habían echado. Los inocentes campamentos que habíamos puesto para pasar la noche bajo las estrellas tropicales de la selva soñando con revoluciones se fueron a la porra; allá iban las tiendas de campaña flotando sobre el caos de las aguas, allá las bolsas acolchadas para dormir, allá los pisos de hule que alguien había tendido contra la humedad del suelo, las sobretiendas con que habíamos imaginado que desviaríamos el agua si llovía, y todas las cosas de las mochilas y la ropa de repuesto y los papeles que no se resguardaron; todo, junto con la tierra, se iba para otra parte flotando sobre las aguas ante nuestro terror y nuestro pasmo. La tormenta es un gesto brutal del agua cuyo nombre aterra a quienes la conocen.

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