Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Lo que va de ayer a hoy

Posted by aura en Lunes, 17 septiembre, 2007

Conque dos camisas y dos pantalones iguales, ¿no?, mezclilla como los muchachos, fácil de lavar, según tú que no tienes que planchar; la lavada la hace la lavadora pero ¿la planchada?, porque te darías cuenta de que hay que echarle más brazo, más calor, más rocío y más tiempo; y ya con eso te sientes soñado, que reconquistaste la juventud, que quitarte corbata y camisa blanca –bueno, ya ni se usan blancas, ya nomás tú de conservador te las ponías; de conservador y de molón, porque mantenerlas blancas tiene su chiste- te da licencia para sentirte nuevo o libre, o lo que quieras sentirte con ese afán que te dio de dejar de parecerte al que fuiste tanto tiempo, ese señor eficaz, rápido, de gesto simpático y nervioso, útil, medianamente vestido, porque has de reconocer que siempre, por más que te dabas cuenta, te dolía el codo para mandarte a hacer las camisas a la medida o para ir a las sastrerías que te constaba que podían vestirte como dios manda, y andabas masomenitos.

Y ese tema con el que saliste el otro día, ¿de cuándo acá te ha dado por criticar las corbatas de los demás?, ni que las tuyas fueran las non pelustra; aunque sí, si uno se asoma a tu armario, en donde están colgaditas como pollos muertos –ya sería bueno que las jubilaras, que se las pasaras a alguien que vaya en ascenso antes de que se pudran o que las llevaras a una de esas tiendas de ropa de segunda mano, mano-, se ve un estilo, un gusto sobrio, una cierta uniformidad en lo variado; pero no vas a decir que mientras las usabas hacías una reflexión profunda cada mañana para ver cuál te ponías según los compromisos de tu agenda o el iris de las damas con quienes tendrías la oportunidad de encontrarte. Bueno hubiera sido que te tomaran fotos vistiéndote, para que se te quitara lo criticón.

¿Y eso de los zapatos de tela tipo alpargatas desde cuándo te dio? Porque qué esperanzas, si desde muchacho te ponías unos zapatones que se notaran, que te duraban hasta que se acababan, y tú muy orgulloso progonabas el bajo precio, porque ahora no vas a negar que comprabas calzado recio de minero en los mercados del bajío y que luego, ya más mayorcito, te dio por los botines Piletas que empezaste a comprar en el mercado Arroyo de la Plata, en Zacatecas, que bien que te atrevías a ponértelos hasta con traje con todo y lo amarillos y pesados que son, más baratos que lo más barato que se hubiera podido encontrar nunca en Liverpool o en El Palacio de Hierro, excepto aquellos bostonianos Hugo Boss que estaban rebajados de la rebaja y vueltos a rebajar de la mitad a la mitad y te los compraste porque de plano. Con esos sí que te sentías jet set, el junior de la Fortuna. No que ahora con tus alpargatitas de cinco euros no sé a quién quieres impresionar. Y peor cuando te veo venir del mercado con esas fachas y arrastrando tu carrito del mandado.

La verdad es que ayer me dejaste con el ojo cuadrado, cuate, ¿este es el que conocí? ¿tan gacho lo ha revolcado la vida, me dije para mis entrañas? ¿no te gustaría dejar a un lado esa demagogia de la apariencia y volverte a engalanar como solías cuando tu mundo era lino, lana, pana y algodón? Tienes todo para hacerlo, y hasta mejor de lo que era. Nomás es que quieras.

Sí, le dije, sígueme diciendo porque siento bonito.

Una respuesta to “Lo que va de ayer a hoy”

  1. Al final de la jornada se va dando uno cuenta que llegar a casa y ponerse sus “garritas” más holgadas y amadas y unas chanclas ya deformes que te niegas a tirar ¡pero que son taaan comodas!, es la mejor forma de estar. Porque resulta que te miras al espejo con desenfado y te reconoces como el más auténtico YO MISMO.

    La elegancia de la corbata cuando es necesaria también le da a uno un cierto aire de suficiencia, que sin ir al extremo del orgullo, me ayuda a enfrentar esas situaciones incómodas, donde uno tontamente cree que el “superior” que está enfrente puede ser más facilmente confrontado. Recuerdo cuando hicimos el festival gastronómico “Come México” y me anunciaron la inminente reunión con el Estado Mayor presidencial. Llevaba varios días sin dormir, por lo menos uno y medio sin ducharme y comiendo mal un bocadillo que algún asistente generoso me acercaba, porque en mi necedad “workoholica” no me permitía siquiera invertir unos minutos en recargar el combustible.

    Salí corriendo del Círculo de Bellas Artes a tu oficina para cumplir con algunos pendientes y avisarte que me iba a casa para arreglarme (y ponerme la corbata). Tú me miraste compasivamente y me dijiste algo así: “No te aceleres, calma. Estás trabajando. Te ves bien así. Sólo son unos militares”

    La reunión resultó sencilla. Yo me acepté como encargado del recinto del evento que recibía las sugerencias de unos invitados “especiales” al mismo, aunque yo vistiera un empuercado pantalón de mezclilla con una camisa común y corriente y ellos sendos trajes oscuros y uniformes verde olivo. Terminamos colaborando bien durante la cena presidencial. Alguno de ellos, reprimiendo la risa me decía: “También somos seres humanos”.

    Eso sí, la noche del evento si llevaba corbata y traje, de los cuales me olvidé por completo, pues corría de un lado al otro atendiendo la logistica del lugar. Al final me presentaste al embajador de México en España… creo que no me costó mucho saludarlo relajadamente.

    Las corbatas se ponen viejitas, pero yo, las pocas que tengo las guardo con cuidado, porque las uso tan poco, que cuando la vuelvo a sacar del cajón ya ha dado una vuelta (o varias) el cíclo de la moda y resulta que otra vez están “inn” aunque sean incluso aquellas que heredé de mi abuelo.

    Estoy leyendo un libro sobre podomancia (arte de leer el pasado, presente y futuro en los pies). En un capítulo describen los distintos tipos de calzado y resulta que alpargatas, borceguíes, choclos y huaraches salen ganando en simpatía cuando se habla del carácter relajado de quienes los usan. ¿Será…?

    Ya comprendo aquello de “Te quiero como a mis zapatos viejos”

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