Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

El zagal de las cabras

Posted by aura en Lunes, 24 septiembre, 2007

Eché las cabras al monte a que engordaran y yo, pastor confiado, me tiré a dormir bajo la sombra de los sauces que agitaban sus leves ramas sobre mí creando un fresco ambiente de delicia. Cuando hube descansado suficiente y hecho acopio de sueños que saturaron mi morral con fantasías de toda laya abrí los ojos al día y ya el sol estaba tirando rayos oblicuos sobre su propio camino para construir la escala en abanico por la que habría de recorrer la música correspondiente a su jornada.

Ir, me dije, ir a buscar mi ganado es lo que toca. Subir los cerros tendidos como cuerpos en reposo que toda la noche batallaron en lances de amor y entrar en sus recovecos a buscar lo mío, que debe estar por ahí aunque cueste algún trabajo recogerlo. Alguna merma habrá, algún hermano lobo habrá necesitado de sustento, un pastor pobre habrá engrosado su manada y un desprevenido habrá cenado de lo ajeno sin recatarse. No le hace, mis cabras son astutas y conocen la voz del amo y la mano que las lleva guiadas por valles y cañadas; habré de hallarlas.

A cada una la fui encontrando con el peso aumentado, con los recentales jubilosos, con el balar más alto y con el gusto de ver de nuevo a su pastor confiado recorriendo el monte y repitiendo los cantos que el ganado conoce y a cuyo sonido familiar ha medrado contento ramoneando las mejores gramas y los pastos más verdes y sabrosos. Vi a bulto y no quise contar el menudeo por no ofender a las faltantes ni amargar mi profesión con mezquindades. Son las que son, dije tocando sus cabezas humildes y acariciando sus lomos fraternos; entonces me senté en una piedra conocida y toqué el caramillo para alegrarnos todos.

Con esta construcción en la cabeza amanecí hoy después de haber dormido toda la noche como un inocente sin pecado original (esa marca inhumana que quiere hacernos renegar de haber nacido). ¿Pues qué serán las cabras de mi cuento? ¿Por qué me desperté pensando en eso? Pero como no me especializo en evitar lances de imaginación ni de escritura, me lancé a averiguar por dónde iba la cosa. Puse palabra por palabra el material que me rondaba como abejas sedientas y dejé que sucediera lo que tuviera que ocurrir, así fuera banal y sin sentido.

Me encontré con mi casa y con mi barrio, oí los ruidos que conozco de tanto construir con ellos música en los recuerdos, vi los colores apetecidos por la memoria y todos los sentidos se complacieron en un mullido nido de evocaciones. Todo eso, conste, a pesar de que me ha faltado vigor para emprender los pasos que quisiera; la altura de la ciudad no me reconoce todavía ni me da el aire que necesito para disfrutar con plenitud. No le hace, poco a poco iré encontrando las cabras que me faltan.

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4 comentarios to “El zagal de las cabras”

  1. Ay Alejandro, qué texto más lindo…
    y cae justo cuando por acá hay un “desperdigadero” de cabras…!

  2. Qué maravilla, encontrar esta provocación bucólica en lunes… y yo con estos pelos, como decía mi tía la Chata ante cada crisis en su vida… abrazos, maestro

  3. Patricia Quintana said

    Bendito seas, y benditos los que te leemos.

    Probablemente ya leíste este artículo que te mando, pero lo envío porque yo y todas las aureolas sabemos de que habla Vargas Llosa y sabemos que sentía esa multitud que asistía a oir y ver a Dickens, no sabes que gratos recuerdos tengo de esas sesiones.

    Gracias, Maestro.

    Patricia

  4. Patricia Quintana said

    Se me olvidó el texto.
    Va..

    Piedra de Toque / Dickens en escena

    Por Mario Vargas Llosa

    Las colas empezaron a formarse la noche anterior ante las boleterías del Steinway Hall, uno de los teatros más grandes de New York

    (23 septiembre 2007).- Al día siguiente, a las 9 de la mañana, al iniciarse la venta de las entradas, había más de cinco mil personas en la cadena humana que enroscaba aquella manzana de Manhattan. Mucha gente había llevado mantas y colchones para resistir el frío de la larga espera, en el corazón del invierno neoyorquino.

    Era el 28 de diciembre de 1867 y esa noche por primera vez se presentaba Charles Dickens en un escenario de la metrópoli de los rascacielos leyendo episodios de sus novelas más famosas. Las entradas más caras costaban dos dólares. Las localidades se agotaron, por supuesto, y, al atardecer, los revendedores remataban los boletos a 26 y 28 dólares.

    Los dos mil quinientos espectadores que aquella noche atestaron el Steinway Hall y pudieron escuchar a Dickens refiriendo de viva voz ocurrencias de David Copperfield y su famoso ‘Cuento de Navidad’ al final atronaron la sala de aplausos, como lo habían hecho los días, meses y años anteriores los públicos de Boston y de Canadá, de Inglaterra, de Escocia y de Irlanda, que, al igual que los neoyorquinos, habían acudido en masa a ver en carne y hueso al fabulador que, al igual que Victor Hugo, había alcanzado en el mundo entero una popularidad inusitada tratándose de un escritor, un reconocimiento que desbordaba largamente su prestigio literario y hacía de él un icono, un mito viviente, como es el caso, en nuestros días, de ciertos cantantes o estrellas de Hollywood.

    Charles Dickens llevaba ya catorce años ejerciendo de contador de sus propias historias ante el público. Lo había hecho por primera vez en diciembre de 1853 en el Town Hall de Birmingham, ante un par de millares de personas que quedaron maravilladas con las dotes histriónicas del novelista no sólo más leído, sino el más querido de Inglaterra, un escribidor que, a través de sus historias, había conseguido infiltrarse en todos los hogares y hacer sentir a pobres y a ricos, a viejos y jóvenes, a hombres y a mujeres, que era el mejor amigo de la familia.

    Su decisión de subir a un escenario, como un cómico más, había provocado severísimas criticas e impugnaciones de sus hijos y editores, y sus amigos y colaboradores más cercanos habían tratado de disuadirlo, diciéndole que era una irresponsabilidad que alguien como él, que había alcanzado un inmenso respeto y consideración en todo el imperio gracias a sus libros, se expusiera de ese modo al ridículo y a la vergüenza, ejerciendo un oficio -el de actor- al que la gente bien miraba con desconfianza y hasta desprecio.

    Pero el señor Charles Dickens, bajo sus maneras suaves y afectuosas y su sonrisita cariñosa, tenía un carácter de hierro y nadie consiguió doblegar su decisión. Se salió con la suya, se subió a los escenarios y siguió haciéndolo por diecisiete años, hasta el 15 de marzo de 1870, pocas semanas antes de su muerte.

    La historia de Dickens en los escenarios está maravillosamente recreada por el profesor Malcolm Andrews, en un libro que acabo de devorar y que es una pura delicia: Charles Dickens and His Performing Selves. Dickens and the Public Readings (Oxford University Press, 2007).

    La erudición se alía en sus páginas con la devoción por el personaje y por sus libros y, leyéndolo, uno llega a contagiarse del hechizo que el autor de Oliver Twist y tantas historias memorables inspiró a sus contemporáneos y a emocionarse con éstos hasta las lágrimas cuando, además de leerlo, pudieron verlo y oírlo reproduciendo sobre las tablas de un teatro o las plataformas de los vastos auditorios donde se presentaba, las aventuras y desventuras de Little Dombey, Nicholas Nickleby, Mr. Pickwick y tantos otros héroes o villanos de papel.

    Las razones que Charles Dickens dio a su familia y amigos para subir a escena fueron económicas. En efecto, cuando tomó aquella decisión su vida familiar experimentaba una crisis que terminaría en la separación matrimonial y todo ello le acarreó muchos más gastos que antaño.

    Sus presentaciones públicas le dieron excelentes ingresos, tanto que el profesor Andrews ha calculado que los escenarios le hicieron ganar en esos últimos diecisiete años más dinero que todos los libros y artículos que publicó en toda su vida. Pero la razón profunda no era la necesidad de nuevos ingresos, sino una vocación histriónica, o, por lo menos, de contador ambulante de cuentos, que se manifestó en él desde muy joven.

    Hay una deliciosa anécdota que cuenta su hija Mamie que, un día, dormitando en el sofá, espiaba con los ojos semi cerrados cómo escribía su padre. Advirtió, de pronto, que, a la vez que hacía correr la pluma sobre el papel, hacía muecas, gestos y mascullaba frases entre dientes, mimando aquello que contaba.

    En una de esas, lo vio ponerse de pie y correr a un espejo de la habitación y, contemplándose en él, enfrascarse un momento en una delirante representación en la que hacía morisquetas, guiños y caras, como midiendo las expresiones que quería describir. Y lo vio, con el mismo ímpetu, regresar a su escritorio y seguir escribiendo.

    Su padre escribía actuando. No es raro, por eso, que, en una de sus cartas, Dickens afirmara: “Todo escritor de ficciones escribe para el escenario”. Por lo menos no hay duda que él lo hacía.

    Siempre creí que los célebres “Readings” de Dickens eran meras lecturas. Nada de eso. Malcolm Andrews demuestra, a base de los incontables testimonios que ha recogido de espectadores que asistieron a sus presentaciones públicas, y a los centenares de artículos y críticas de prensa, que llegó a dar forma a un espectáculo inusitado, en el que el lector, el actor, el mimo y el contador alternaban para dar una versión de las historias que era, al mismo tiempo, teatro, literatura, tertulia, confesión y hasta farsa y circo.

    En sus primeras funciones, en efecto, sólo leía. Pero los textos no eran una mera reproducción de capítulos o pasajes de sus novelas. Ellos habían sido sometidos a una transformación en guiones, con cortes, añadidos y abundantes acotaciones, pensando en la representación.

    Luego, Dickens aprendió de memoria aquellos textos y casi no ponía los ojos sobre las carpetas, aunque las tenía siempre sobre el pupitre y a veces las cogía y agitaba, para dar mayor énfasis o dramatismo a su actuación.

    Era un profesional riguroso que ensayaba hasta el agotamiento, corrigiendo cada vez detalles a veces insignificantes -los movimientos de las manos, los silencios, sus balbuceos, tartamudeos, gritos o suspiros-, en busca de la ansiada perfección.

    Él mismo verificaba que las lámparas de gas estuvieran graduadas de tal manera que su figura, en escena, quedara como enjaulada dentro ese marco dorado que la realzaba. Antes de la función, él mismo probaba la acústica del teatro o auditorio, con ayuda de su valet, que debía desplazarse a las localidades más apartadas a fin de comprobar que las palabras de Dickens llegaran bien a todas las localidades.

    Siempre se presentó vestido de etiqueta, con guantes blancos de seda que no se enfundaba, y con el pequeño pupitre que él mismo diseñó, cubierto por un paño de terciopelo rojo, donde colocaba el vaso de agua, su carpeta, y una bolsa de papel con uvas por si se le secaba la garganta. El pupitre puede verse todavía, en el Museo Dickens de Bloomsbury, en Londres.

    La representación duraba siempre un par de horas, con un intermedio de quince minutos. Antes de la función cenaba generalmente solo, encerrado en su cuarto de hotel, cuya puerta defendían de los admiradores su valet y su manager, que, cuando las circunstancias lo exigían, se transformaban en guardaespaldas. Permanecía así, solo, sumido en la reflexión o con la mente en blanco, creando en su espíritu un clima psicológico propicio a lo que iba a contar/representar.

    Los testimonios de los espectadores sobre lo que hacía en el escenario varían, desde luego. Pero casi todos coinciden en que los momentos cumbres de su actuación eran aquellos en que mimaba las voces y los gestos de un grupo de personas en medio de un intercambio intenso de pareceres, una fogosa discusión por ejemplo sobre política, un crimen, un cataclismo o sobre la existencia o inexistencia de fantasmas.

    Parecía, entonces, multiplicarse, ser el hombre de las mil caras y las mil voces, una garganta capaz de pasar de los tropezones verbales de una viejecita sin dientes a la ronquera pedregosa de un lobo de mar o a los gallos de un chiquillo que cambia de voz. Sus largos silencios eran siempre oportunos y creaban un suspenso tierno, angustioso o aterrador.

    Oyéndolo y viéndolo la gente sufría, gozaba, se emocionaba e irritaba en perfecta sintonía con él, que, cada vez, también vivía lo que contaba, como sus lectores cuando lo leían.

    Yo sé muy bien cuánto debió gozar Dickens en aquellas sesiones en que se transmutaba en esos personajes salidos de su imaginación y de su pluma que habían encandilado a medio mundo, cuando sentía que era posible insuflar carne, sangre y huesos y hacer hablar, reír y llorar a las criaturas de las novelas y, por un par de horas mágicas, convertir la horrible vida real en una hermosísima ficción.

    Las pocas veces que yo me he subido a un escenario a contar una historia he sentido también ese inquietante milagro que es, por un tiempo sin tiempo, encarnar la ficción, ser la ficción.

    Debió gozar inmensamente, como cuando escribía sus historias o acaso más, porque, si no, no hubiera seguido haciéndolo cuando los años y las enfermedades le prohibían hacerlo, cuando empeñarse en continuar haciéndolo era poco menos que un suicidio.

    En sus últimas actuaciones, ya con medio cuerpo paralizado, su médico particular, Thomas Beard y su hijo Charley se sentaban en la primera fila, listos para socorrerlo si -como estaba seguro su médico que ocurriría- se desplomaba en plena función.

    La última que ofreció fue el 15 de marzo de 1870. Tres meses después lo enterraban en Westminster Abbey. Estoy seguro que murió feliz.

    Copyright © Grupo Reforma Servicio Informativo

    Fecha de publicación: 23 septiembre 2007

    Piedra de Toque / Dickens en escena

    Por Mario Vargas Llosa

    Las colas empezaron a formarse la noche anterior ante las boleterías del Steinway Hall, uno de los teatros más grandes de New York

    (23 septiembre 2007).- Al día siguiente, a las 9 de la mañana, al iniciarse la venta de las entradas, había más de cinco mil personas en la cadena humana que enroscaba aquella manzana de Manhattan. Mucha gente había llevado mantas y colchones para resistir el frío de la larga espera, en el corazón del invierno neoyorquino.

    Era el 28 de diciembre de 1867 y esa noche por primera vez se presentaba Charles Dickens en un escenario de la metrópoli de los rascacielos leyendo episodios de sus novelas más famosas. Las entradas más caras costaban dos dólares. Las localidades se agotaron, por supuesto, y, al atardecer, los revendedores remataban los boletos a 26 y 28 dólares.

    Los dos mil quinientos espectadores que aquella noche atestaron el Steinway Hall y pudieron escuchar a Dickens refiriendo de viva voz ocurrencias de David Copperfield y su famoso ‘Cuento de Navidad’ al final atronaron la sala de aplausos, como lo habían hecho los días, meses y años anteriores los públicos de Boston y de Canadá, de Inglaterra, de Escocia y de Irlanda, que, al igual que los neoyorquinos, habían acudido en masa a ver en carne y hueso al fabulador que, al igual que Victor Hugo, había alcanzado en el mundo entero una popularidad inusitada tratándose de un escritor, un reconocimiento que desbordaba largamente su prestigio literario y hacía de él un icono, un mito viviente, como es el caso, en nuestros días, de ciertos cantantes o estrellas de Hollywood.

    Charles Dickens llevaba ya catorce años ejerciendo de contador de sus propias historias ante el público. Lo había hecho por primera vez en diciembre de 1853 en el Town Hall de Birmingham, ante un par de millares de personas que quedaron maravilladas con las dotes histriónicas del novelista no sólo más leído, sino el más querido de Inglaterra, un escribidor que, a través de sus historias, había conseguido infiltrarse en todos los hogares y hacer sentir a pobres y a ricos, a viejos y jóvenes, a hombres y a mujeres, que era el mejor amigo de la familia.

    Su decisión de subir a un escenario, como un cómico más, había provocado severísimas criticas e impugnaciones de sus hijos y editores, y sus amigos y colaboradores más cercanos habían tratado de disuadirlo, diciéndole que era una irresponsabilidad que alguien como él, que había alcanzado un inmenso respeto y consideración en todo el imperio gracias a sus libros, se expusiera de ese modo al ridículo y a la vergüenza, ejerciendo un oficio -el de actor- al que la gente bien miraba con desconfianza y hasta desprecio.

    Pero el señor Charles Dickens, bajo sus maneras suaves y afectuosas y su sonrisita cariñosa, tenía un carácter de hierro y nadie consiguió doblegar su decisión. Se salió con la suya, se subió a los escenarios y siguió haciéndolo por diecisiete años, hasta el 15 de marzo de 1870, pocas semanas antes de su muerte.

    La historia de Dickens en los escenarios está maravillosamente recreada por el profesor Malcolm Andrews, en un libro que acabo de devorar y que es una pura delicia: Charles Dickens and His Performing Selves. Dickens and the Public Readings (Oxford University Press, 2007).

    La erudición se alía en sus páginas con la devoción por el personaje y por sus libros y, leyéndolo, uno llega a contagiarse del hechizo que el autor de Oliver Twist y tantas historias memorables inspiró a sus contemporáneos y a emocionarse con éstos hasta las lágrimas cuando, además de leerlo, pudieron verlo y oírlo reproduciendo sobre las tablas de un teatro o las plataformas de los vastos auditorios donde se presentaba, las aventuras y desventuras de Little Dombey, Nicholas Nickleby, Mr. Pickwick y tantos otros héroes o villanos de papel.

    Las razones que Charles Dickens dio a su familia y amigos para subir a escena fueron económicas. En efecto, cuando tomó aquella decisión su vida familiar experimentaba una crisis que terminaría en la separación matrimonial y todo ello le acarreó muchos más gastos que antaño.

    Sus presentaciones públicas le dieron excelentes ingresos, tanto que el profesor Andrews ha calculado que los escenarios le hicieron ganar en esos últimos diecisiete años más dinero que todos los libros y artículos que publicó en toda su vida. Pero la razón profunda no era la necesidad de nuevos ingresos, sino una vocación histriónica, o, por lo menos, de contador ambulante de cuentos, que se manifestó en él desde muy joven.

    Hay una deliciosa anécdota que cuenta su hija Mamie que, un día, dormitando en el sofá, espiaba con los ojos semi cerrados cómo escribía su padre. Advirtió, de pronto, que, a la vez que hacía correr la pluma sobre el papel, hacía muecas, gestos y mascullaba frases entre dientes, mimando aquello que contaba.

    En una de esas, lo vio ponerse de pie y correr a un espejo de la habitación y, contemplándose en él, enfrascarse un momento en una delirante representación en la que hacía morisquetas, guiños y caras, como midiendo las expresiones que quería describir. Y lo vio, con el mismo ímpetu, regresar a su escritorio y seguir escribiendo.

    Su padre escribía actuando. No es raro, por eso, que, en una de sus cartas, Dickens afirmara: “Todo escritor de ficciones escribe para el escenario”. Por lo menos no hay duda que él lo hacía.

    Siempre creí que los célebres “Readings” de Dickens eran meras lecturas. Nada de eso. Malcolm Andrews demuestra, a base de los incontables testimonios que ha recogido de espectadores que asistieron a sus presentaciones públicas, y a los centenares de artículos y críticas de prensa, que llegó a dar forma a un espectáculo inusitado, en el que el lector, el actor, el mimo y el contador alternaban para dar una versión de las historias que era, al mismo tiempo, teatro, literatura, tertulia, confesión y hasta farsa y circo.

    En sus primeras funciones, en efecto, sólo leía. Pero los textos no eran una mera reproducción de capítulos o pasajes de sus novelas. Ellos habían sido sometidos a una transformación en guiones, con cortes, añadidos y abundantes acotaciones, pensando en la representación.

    Luego, Dickens aprendió de memoria aquellos textos y casi no ponía los ojos sobre las carpetas, aunque las tenía siempre sobre el pupitre y a veces las cogía y agitaba, para dar mayor énfasis o dramatismo a su actuación.

    Era un profesional riguroso que ensayaba hasta el agotamiento, corrigiendo cada vez detalles a veces insignificantes -los movimientos de las manos, los silencios, sus balbuceos, tartamudeos, gritos o suspiros-, en busca de la ansiada perfección.

    Él mismo verificaba que las lámparas de gas estuvieran graduadas de tal manera que su figura, en escena, quedara como enjaulada dentro ese marco dorado que la realzaba. Antes de la función, él mismo probaba la acústica del teatro o auditorio, con ayuda de su valet, que debía desplazarse a las localidades más apartadas a fin de comprobar que las palabras de Dickens llegaran bien a todas las localidades.

    Siempre se presentó vestido de etiqueta, con guantes blancos de seda que no se enfundaba, y con el pequeño pupitre que él mismo diseñó, cubierto por un paño de terciopelo rojo, donde colocaba el vaso de agua, su carpeta, y una bolsa de papel con uvas por si se le secaba la garganta. El pupitre puede verse todavía, en el Museo Dickens de Bloomsbury, en Londres.

    La representación duraba siempre un par de horas, con un intermedio de quince minutos. Antes de la función cenaba generalmente solo, encerrado en su cuarto de hotel, cuya puerta defendían de los admiradores su valet y su manager, que, cuando las circunstancias lo exigían, se transformaban en guardaespaldas. Permanecía así, solo, sumido en la reflexión o con la mente en blanco, creando en su espíritu un clima psicológico propicio a lo que iba a contar/representar.

    Los testimonios de los espectadores sobre lo que hacía en el escenario varían, desde luego. Pero casi todos coinciden en que los momentos cumbres de su actuación eran aquellos en que mimaba las voces y los gestos de un grupo de personas en medio de un intercambio intenso de pareceres, una fogosa discusión por ejemplo sobre política, un crimen, un cataclismo o sobre la existencia o inexistencia de fantasmas.

    Parecía, entonces, multiplicarse, ser el hombre de las mil caras y las mil voces, una garganta capaz de pasar de los tropezones verbales de una viejecita sin dientes a la ronquera pedregosa de un lobo de mar o a los gallos de un chiquillo que cambia de voz. Sus largos silencios eran siempre oportunos y creaban un suspenso tierno, angustioso o aterrador.

    Oyéndolo y viéndolo la gente sufría, gozaba, se emocionaba e irritaba en perfecta sintonía con él, que, cada vez, también vivía lo que contaba, como sus lectores cuando lo leían.

    Yo sé muy bien cuánto debió gozar Dickens en aquellas sesiones en que se transmutaba en esos personajes salidos de su imaginación y de su pluma que habían encandilado a medio mundo, cuando sentía que era posible insuflar carne, sangre y huesos y hacer hablar, reír y llorar a las criaturas de las novelas y, por un par de horas mágicas, convertir la horrible vida real en una hermosísima ficción.

    Las pocas veces que yo me he subido a un escenario a contar una historia he sentido también ese inquietante milagro que es, por un tiempo sin tiempo, encarnar la ficción, ser la ficción.

    Debió gozar inmensamente, como cuando escribía sus historias o acaso más, porque, si no, no hubiera seguido haciéndolo cuando los años y las enfermedades le prohibían hacerlo, cuando empeñarse en continuar haciéndolo era poco menos que un suicidio.

    En sus últimas actuaciones, ya con medio cuerpo paralizado, su médico particular, Thomas Beard y su hijo Charley se sentaban en la primera fila, listos para socorrerlo si -como estaba seguro su médico que ocurriría- se desplomaba en plena función.

    La última que ofreció fue el 15 de marzo de 1870. Tres meses después lo enterraban en Westminster Abbey. Estoy seguro que murió feliz.

    Copyright © Grupo Reforma Servicio Informativo

    Fecha de publicación: 23 septiembre 2007

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