Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

La piel de la cara

Posted by aura en Jueves, 6 diciembre, 2007

Me duele la cara. Siento la piel hinchada y palpitante. Al tocarme ingreso a un mundo horroroso en el que la deformidad se impone: los datos que devuelve el tacto son mucho peores que los que la vista recoge en el espejo. A la vista estoy normal, quizás un poco inflamado. Qué susto, pensé que había ingresado a la categoría de los seres con deformaciones patológicas, que daría miedo mirarme. Antes de incorporarme para ir a constatar la debacle sentí que todo yo era una cara adolorida y deforme sujeta a la acción devastadora del aire. Siento pasar el tiempo sobre la piel de mi rostro y sus alrededores como si el tiempo fuera una acción concreta y física que roza y lastima, corroe, desdibuja. Si fuera un busto esculpido sobre un pedestal preferiría ser la piedra lisa y llana, porque toda la superficie significativa de la efigie está ocupada por la irritación; del cuello hacia arriba, hacia las orejas y bajo el pelo; y por la cara, la barbilla y el entorno de la boca apenas anuncian lo que ya hay de rugoso y purulento en las mejillas y en la nariz, en los párpados, en las cejas que anuncian comezón y al tacto duelen, en la frente por la que ayer podía pasar la mano en gesto pesaroso y hoy el roce de la palma me lastima.

Pero ayer que fui a la tienda, mi amigo el bodeguero me dijo: hay que afeitarse,  Alejandro, a veces nos pasa a nuestra edad que ya nos da pereza hacerlo. O sea que creyó que era un problema de apariencia externa. Y yo no lo saqué del error. No vio los fatídicos efectos del acné galopante que la medicación me ha producido. Otro amigo vino a comer ayer y no sentí que me mirara con horror ni que encontrara en mí la criatura deforme que esta mañana despertó de mi sueño personal sobre mi almohada mandándome mensajes valetudinarios. Quizás estoy exagerando. Puede ser que después del agua y el jabón abundante, una loción refresque la piel y se me pase esta sensación de cuero en sancocho listo para entrar a la manteca caliente para hacerse esponjoso chicharrón. Tal vez he cedido a una sensación incómoda porque al despertar me asusté y he construido una tragedia en donde sólo hay puntitos rojos y puntitos blancos que desaparecerán sin dejar huella si me abstengo de manipularlos.

Y por otra parte, debería ser más discreto; hay cosas que le pasan a uno que no tiene por qué ventilar ante los demás. Pero me debato en un conflicto interno: este diario ¿lo es realmente, con los riesgos que conlleva, o es un cuaderno de pretensiones literarias sujeto a leyes ajenas a la verdad, la sinceridad, la confesión y a veces la hipérbole, tan humana? Es cierto, lo van a leer personas que se podrán sentir incómodas de que un señor cuente con voz gangosa, en medio de accesos matutinos de tos, su sensación de figura deforme al despertar porque se pasa la mano por la cara y la mano quizás no ha regresado del sueño al mismo tiempo que el resto de la persona y aporta unos datos que no debiera, y la piel de la cara tal vez no ha cubierto su cuota de reposo y reporta señales equivocadas, porque, repito, el espejo, ahorita que ya fui a verme, ha resultado mucho más benévolo que yo en sus juicios.

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Una respuesta to “La piel de la cara”

  1. diazenciso said

    Mi muy querido Alejandro:

    Acabo de enterarme por el email de una amiga del fallecimiento de Cecilia. Te iba a escribir a tu dirección personal, pero he estado leyendo tu blog (tenía varias semanas sin asomarme, me había quedado en que ibas a México a presentar tu libro), y pienso que quizá sea mejor unirme a este “blog plaza” a donde todos te tratamos de llevar nuestro cariño y nuestros recuerdos de Cecilia.
    Ciertamente la muerte nos deja sin palabras, y con una sensación de incredulidad que vuelve aún más difícil las palabras, hasta creer en ellas. Dices en tu blog que no crees que haya algo “del otro lado”, y bueno, eso nunca lo vamos a saber hasta que no crucemos. Pero en lo que sí crees definitivamente es en la vida. Yo apenas puedo imaginar el dolor de estos momentos, y además luchando con la enfermedad. Sin embargo, tus palabras, este blog mismo sigue siendo confirmación de la vida.
    Como recordarás, a Cecilia la conocí por un montón de comidas compartidas con tu familia en la casa de Mixcoac. Recuerdo sol y alegría y gozo y generosidad. Eso que les has dado a todos tus hijos, esa enorme fuerza y valentía y la enseñanza del gozo de la vida. Nadie sabemos cuándo nos vamos a ir de aquí, pero Cecilia tuvo esa enseñanza tuya, compartió esas tardes luminosas que son la imagen que ahora no se me quita de la cabeza, alrededor de la mesota redonda del comedor de esa casa, compartió esa luz y ese cariño. ¿Qué más es la vida? Creo que es eso, poder vivir momentos así.
    Es dura la vida y es también cruel y terrible y cabrona, pero es hermosa y cargada de misterios y de nobleza; eso que tú tan bien sabes, lo compartiste con tu hija. No podemos hacer mucho más; esos son los lazos que de verdad no se rompen, los tendidos de un humano a otro, el sentido verdadero del amor y de lo que es eterno, y yo espero que ese recuerdo y, sobre todo, esa convicción te den consuelo, y fuerza también para continuar adelante en este momento que es tan cuesta arriba.
    Te admiro enormemente porque sigues en este espacio honrando tu fe en la palabra, como un puente de vida.
    Estoy muy triste por la noticia y quisiera de verdad poder estar en Madrid para darte un abrazo muy fuerte, y en México para abrazar a María y Juan y Pablo… Los abrazo por lo pronto desde la noche de Londres, con mucho cariño y enorme gratitud porque esa misma lección de amor a la vida de que hablo y que es tan tuya, la has compartido también conmigo.
    De tus poemas te digo: no salen enteros en la página, se corta el margen derecho. ¿Cómo le hago para leerlos completos?
    Alejandro, te mando todo mi cariño y un abrazo muy fuerte, con todo eso que las palabras no pueden decir ante este momento tan doloroso.

    Adriana

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