Alejandro Aura

Mis poemas y otros escritos.

Tons qué, pareja, ¿le ponemos?

Posted by aura en Viernes, 21 diciembre, 2007

Hay cosas que se valen y cosas que no. Una cosa es que casi todos los policías sean corruptos (particular, aunque no limitativamente, en el país del que provengo) y estén dispuestos a darnos la mordida en la parte más rica y sensible de la pierna al menor pretexto con cualquier subterfugio legaloide o de simple poder, y otra cosa es que la sociedad –nosotros, los seres humanos verdaderos, los que vivimos en la vida real-, en su legítima vindicta, se meta con una pareja de uniformados que se estaban dando una agasajadita en la patrulla –echando un polvo, dijeran los españoles que tienen después de Quevedo al polvo como materia fácilmente inflamable-. La nota del periódico (y eso es lo que no se vale) dice que se trata de una pareja policíaca de hombre y mujer (por eso lo sacan, porque cuántos casos habrá que callen), que estaban cubriendo un turno y seguramente realizando alguna meticulosa guardia en alguna dirección comprometida (y aquí ya viene la especulación humana y pura), cuando vaya usté a saber por qué: la conversa, una mirada tornadiza, un palpitar novedoso en el pecho, un secreto ínfimo que fue creciendo con los días, un haberse estado diciendo algo sin acabar de explicarlo, un ligero aumento en las feromonas liberadas en el pequeño espacio del vehículo legal, los puso, a pesar del deber, en situación de riesgo, más allá de los términos criminales, e hizo que las manos –porque las manos son las que empiezan siempre, eso no tiene remedio: si hay que buscar parte imputable son las manos las abocadas a juicio, sine qua non- qusieran averiguar la temperatura del interlocutor –porque hasta ahí todo debió ser hablado, como son las cosas antes de que resbalen por la pendiente de lo inevitable- y se dieran a la tarea de palpar el resto de los grados del cuerpo. Una vez que las manos intervienen en el reconocimiento de la persona con la que uno está ya no hay discurso que detenga la acción. Y menos si es de noche, si estás adentro de un automóvil cerrado, si eres autoridad, si tienes que quedarte ahí –o por ahí- toda la noche porque ese es tu trabajo; quién puede detener el flujo de los acontecimientos. Que se suceden con el mismo vigor con que el agua se va juntando gota a gota en pendientes que bajan de las cordilleras y aunque parezcan mínimas acuden a una cita telúrica en que la fuerza se representa con el aporte colectivo y acaba en torrente y cuando la tierra lo exige, en catarata. Pues justo en ese momento fue que los agarraron. Supongo que el Comandante, en su patrulla último modelo y su uniforme entorchado, acertó a pasar por ahí recogiendo las aportaciones de las guardias y quiso cerciorarse de que todo estuviera en orden y al echar la lucecita de la linterna al interior del coche vio algo que se parecía más al Decamerón que al cumplimiento del deber. Ok. Lo prudente era disimular, alejarse, dar unas vueltas a la manzana y cuando los encontrara en mejor situación, castigarlos, arrestarlos, sancionarlos de acuerdo al reglamento, sacarles lo más que se pudiera, y calladitos todos. Pero lo que les hicieron no tiene nombre: hacer pública su historia es una deslealtad de las mayores: negarles la patente humana. Caro lo van a pagar los delatores porque en esas cosas tan íntimas la corrupción es un negocio que no paga. Me cae.

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